espacio saWabona | El niño que quería saber quién le iba a limpiar “aquello” de su trasero.
Sobre la educación infantil y las funciones de los maestros y maestras.
Diversidad funcional, educación infantil, infancia, funciones, maestros, cambio
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El niño que quería saber quién le iba a limpiar “aquello” de su trasero.

El niño que quería saber quién le iba a limpiar “aquello” de su trasero.

Todo empezó cuando, un día, el topo asomó la cabeza por su agujero para ver si ya había salido el  sol”. Acto seguido, al topo le cae en su cabeza una “salchicha gorda y marrón”… Así comienza el cuento infantil “El topo que quería saber quién se había hecho aquello en su cabeza” de Werner Holzwarth. Un cuento escatológico donde los haya, en el cual el animalito recorre un largo camino preguntando a otros animales quién ha sido el “ordinario” que se ha hecho “eso” en su cabeza, justo cuando salía a ver el sol.  Lo divertido es que, durante toda su investigación, el topo lleva la corona de “eso” en la cabeza y la va señalando a sus compañeros: “¿Has sido tú el que…?

Bien, ¿A qué viene todo ésto? Simplemente, que me acordé de éste cuento el otro día, cuando un amigo nos contó que su hijo se había hecho “aquello” en el cole, y la maestra le llamó para que fuera a cambiarlo y atenderle en su aseo, alegando que entre sus funciones no se encontraba la de limpiar “aquello”, y que era un problema de los padres. Ella se dedicaba a la educación exclusivamente, y con 3 años el niño ya tenía que controlar esfínteres. Mi amigo se ausentó del trabajo para ir a atender a su hijo y contaba, enfadado, que había quedado con un cliente y tuvo que llamar a un compañero para que fuera a la cita por él.

Lo curioso del asunto es que todos los amigos defendían una u otra postura: que si las funciones de la maestra por aquí…, que si las funciones del maestro por allá… que si “en tu trabajo tendrían que…”

De repente, levanté un tímido dedo para preguntarle a ese corrillo de amigos si alguno de ellos estaba pensando en lo que supone llevar una (llamémoslo por su nombre ya, que esto es serio) mierda en su culo durante cerca de 30 minutos. Así, sin más. Porque entre responsabilidades y ausentarse del trabajo, nadie se pone en el lugar del niño y… no tiene pinta de ser cómodo.

Luego, ya si eso, nos preocupamos de otras cosas, pero el protagonista de este acontecimiento fue el primero en pasar a un tercer plano frente a argumentos que apestaban a enrocamiento arcaico, a responsabilidades diluidas y a “es que es uno con todos y esa es la norma del centro”.

TopoAsí que nada, ahí tenemos a este pobre niño con “aquello” en su trasero, como el topo, buscando al responsable de hacerse cargo de ello. La realidad es mucho menos divertida que el cuento.

He estado investigando sobre la legalidad de dejar a un niño o niña en estas condiciones durante un tiempo y, según he podido leer, puede ser considerado una negligencia del centro. Personalmente, me sabe a poco, pues más allá de esto solamente tenemos el maravilloso «vacío legal».

Pienso que es un problema de fondo, de no quedarnos en la superficie del atrincheramiento de funciones, sino de entender que, si nos dedicamos a apoyar a personas en lo que necesiten, tenemos que ver la globalidad. Me refiero tanto a los centros educativos como a los centros en los que se presta apoyo a personas con diversidad funcional (en lo cuales se lleva mucho el “Espérate, que te toca cambio en media hora” o el “Espera, que busco al que te tiene que cambiar”). Da igual que tu función sea una u otra, la persona no puede estar esperando en el limbo mientras buscamos a quien le toca éste apoyo concreto. Es urgente e imperioso, fácil de entender si te pones en el lugar del otro. Y después, ya buscamos alternativas para que no vuelva a pasar. Aunque pueda volver a pasar, y no pasará nada.

La jerarquización del trabajo nos lleva a aplicar estos parabanes imaginarios que dividen a las personas según nuestras funciones profesionales. Estamos hablando de prestar apoyos en el aseo y la higiene personal, muy diferente a esto que la colectividad llama, peyorativamente, “limpiar culos”, pues olvida a la persona y lo que implica comprometerse en su cuidado íntegro. Es un momento íntimo, que precisa de elegancia y naturalidad.

«La jerarquización del trabajo nos lleva a aplicar estos parabanes imaginarios que dividen a las personas según nuestras funciones profesionales.»

Los niños y niñas no llegan programados como androides, y a los 3 años controlan esfínteres y “si no es así, es problema de los padres”. Primero, porque no es un “problema”, es fundamental respetar los ritmos. Y segundo, nos volvemos a olvidar de la persona protagonista y ponemos el foco en los padres. Cada niño tiene sus tiempos, y es fundamental que este discurso cambie en las facultades universitarias, para que los profesionales entiendan que cuando uno cumple 3 años no avanza a la siguiente etapa por arte de magia.

No estamos jugando a “Los Sims”, ésta es la vida real, con sus transiciones y procesos, diferentes para cada uno.

Así que, mientras la legislación se mueve a velocidad pasmosa en lo que a ciertos temas se refiere, nos queda apelar al sentido común de los profesionales del cuidado y del apoyo a las personas.

Que a nadie le gusta tener “aquello” en su trasero mientras se busca al responsable.

Borja Nieto,

miembro del Equipo Creativo Sawabona.

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